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MUSTAFA KHALIFA

F.J. Calero entrevista a Mustafa Khalifa

Internacional

Mustafa Khalifa: «La cárcel en sí no te convierte en terrorista, se necesita un germen»

El escritor sirio reconstruye en su novela «El Caparazón. Diario de un mirón en las cárceles de Al Assad» más de una década de torturas de los guardias y el aislamiento de los otros presos, islamistas de Hermanos Musulmanes

Mustafa Khalifa, en la entrevista con ABC - FOTOS: IGNACIO 04/10/2017 23:33h - Actualizado: 05/10/2017 16:44h. Guardado en: Internacional

En 2001, meses después de que Bashar al Assad sucediera a su padre Hafez tras 29 años al frente de Siria, Amnistía Internacional comparaba la cárcel de Tadmur, en Palmira, con caminar en un campo minado en la que la la muerte podía llegar en cualquier momento, ya fuera por tortura y brutalidad de los carceleros, enfermedad o ejecución. El escritor Mustafa Khalifa (Jarablus, Siria, 1948) sobrevivió más de una década en las prisiones de los Assad, incluida la de Tadmur también conocida como el «reino de la muerte y la locura», después de haber sido detenido en 1982 al volver a su país tras haber estudiado cine en Francia. En su novela «El Caparazón. Diario de un mirón en las cárceles de Al Assad» (Ed. del Oriente y del Mediterráneo), prohibida en Siria y Premio de la Prensa Libre 2014, Khalifa reconstruye en primera persona las torturas brutales tanto físicas como mentales sufridas a manos de los guardias de esta cárcel y memoria y el rechazo de sus compañeros: islamistas de los Hermanos Musulmanes que sospechan que puede ser un espía del Gobierno. «De la cárcel, solo mantengo dos o tres amigos que fueron en un principio islamistas, pero luego dejaron de serlo tras una profunda reflexión. No puedo tener una buena relación con alguien profundamente religioso, es muy difícil tratar con ellos», dice el autor, en una entrevista con ABC en la Casa Árabe de Madrid.

Usted, que reconoció ser ateo en varias ocasiones en su vuelta a Siria, terminó encerrado en una cárcel rodeado de islamistas radicales, ¿no se pregunta todavía cómo ha podido sobrevivir tanto tiempo en la cárcel?

Cuando yo estoy diciendo que soy ateo se lo estoy diciendo al mujabarat (servicio de inteligencia del régimen sirio) no al pueblo. Y lo que quiero decir es que no soy de los Hermanos Musulmanes (ríe). Sí que había situaciones en Siria en las que podías decir abiertamente que eras ateo. Hay comunistas en Siria desde hace 90 años y todo el mundo sabe que un comunista es ateo; la gente trata con ellos de forma normal.

¿Se hizo religioso en prisión?

No, entré siendo no religioso y salí siendo no religioso. No soy religioso.

Entre las paredes de Tadmur, Rifaat Al Asad, tío de Bashar al Assad, ordenó la matanza indiscriminada de entre 500 y 1.000 prisioneros. ¿Por qué no menciona nunca la cárcel, ni tampoco el presidente o el país?

Eso fue algo intencionado. Lo que quería dejar claro era el mensaje de que el dolor humano es uno en todas las partes del mundo, y lo que está pasando en Siria podría pasar en cualquier momento y lugar.

Le encarcelaron doce años supuestamente por un chiste del presidente que hizo en una reunión de amigos en París. ¿Algún día los terroristas o los dictadores podrán contener el humor?

En Siria, una de las sedes de la Mujabarat es la de los rumores para identificar los que corren en la sociedad y a la vez difundir los que le interesan al régimen que circulen. En el caso de los chistes puedo decir con seguridad que si no cientos de personas decenas pasaron años en la cárcel por hacer un mero chiste sobre el presidente. Y voy a decir algo muy expresivo de esto: una persona soñó que había hecho un golpe de Estado contra Hafez al Assad y cuando se despertó lo habló con un buen amigo: «He soñado que he hecho un golpe de Estado contra Hafez al Assad». Y su amigo no es que fuese un informante pero era como que no podía no contar eso y lo acabó llevando a la sede de los servicios secretos. Terminó 15 años en la cárcel. Después de ese tiempo quiso ver al responsable. «He estado 15 años en la cárcel y ahora, ¿qué queréis de mí?», le preguntó. Su respuesta fue: «No puedo hacer ya nada con lo tuyo, pero por favor escríbeme quiénes estaban contigo en el sueño».

 

En la novela «Leer Lolita en Teherán» (de Azar Nafisi), lo que irritaba más a los universitarios defensores de la Revolución Islámica, estudiantes de Filología, era la ficción por fundamentarse en una mentira. Usted ha elegido retratar con ficción su tragedia en la cárcel. ¿Que sea novela le ha ayudado a conseguir mayor impacto o, por el contrario, ha hecho que muchos no le tomen en serio?

El hecho de que no se crea realmente lo que está pasando sí que me ha dolido, pero que lo hayan llamado novela o testimonio no es algo en lo que me haya metido yo. La editorial decidió el nombre basándose en que el libro tiene ese juego literario contínuo... pero yo lo que he dicho siempre es que entregué el manuscrito y luego ellos se encargaron del resto. Hoy en día, todavía hay gente en Siria, especialmente los más cercanos al régimen, que insiste en que es mentira lo que cuento. Mientras que quien sí ha probado la experiencia de la cárcel considera que no he dicho ni la mitad de lo que ha ocurrido allí dentro. La imaginación en sí no ha tenido ningún papel en la novela salvo lo que le da el toque literario. Por ejemplo, lo del jefe del barracón que aparece es un personaje verdadero y no verdadero. Los he insertado a todos en una misma persona a fin de mantener ese personaje como jefe del barracón pero son personajes reales.

En la novela, puede considerarse a usted, cristiano y ateo, de la burguesía siria, ya que puede permitirse ir a estudiar Cine a Francia. Pero en la cárcel coincide con otros presos que proceden de familias acomodadas y son islamistas. ¿Puede decirse que el salafismo era la nueva ideología de la burguesía en Siria?

Es una teoría que aparece ahora cuando Siria está en las noticias. Desde occidente hay una imagen errónea de los que es el país. Antes de la revolución, el movimiento salafista era inexistente: casi no había salafismo en Siria, y sí una religiosidad popular que incluía a católicos ortodoxos o judíos. El pueblo sirio era religioso, pero los del islam político eran los Hermanos Musulmanes y solo algunos predicaban la violencia. Por lo tanto, esa mirada no es del todo correcta. Hay una burguesía democrática y laica, y la hay religiosa, ya sea musulmana o cristiana. Así que todo está allí presente.

En el periodo que describe puede verse cómo se gesta esta ideología extremista desde las cárceles. Este debate ha tenido lugar en Francia. ¿Cree que las cárceles europeas son fábricas de terroristas? ¿Qué falla?

La situación de las cárceles sirias es muy diferente con respecto a la de las occidentales; y en el caso de Siria no se puede decir con exactitud qué va a pasar en el futuro. La situación está tan mal en Siria que la gente solo quiere paz. Sí que puede haber la idea de la venganza de quienes han sufrido mucho por el régimen pero no es una ley, no es algo general. En el caso de las cárceles franceses evidentemente no es que todo el que entre se convierta en terrorista, está la presión de la cárcel pero también un mínimo germen para que se vean influido, también la parte social, en un contexto de desigualdad.

«Assad y Al Sisi son fábricas de terroristas»

¿Teme que los islamistas radicales hayan podido utilizar su libro?

En 2011 me preguntaron: «¿Crees que la revolución siria ha llegado en el momento que tenia que venir?». Dije que no, que se había retrasado demasiado. Hay cientos de miles de razones que empujaban al pueblo sirio a hacer esa revolución. No es un libro o un grupo de libros que lleven a la gente a hacer la revolución, sino unas condiciones políticas y económicas que sufre la gente.

Con respecto a la relación con su compañero de prisión Nassim y la homosexualidad en la cárcel por represión, ¿tanto altera la cárcel como para transformar las tendencias afectivas?

Efectivamente, por toda esa privación durante mucho tiempo de la idea de mujer. En un momento dije que la cárcel era una mujer. Eso quiere decir que somos creados como hombre y mujer y cuando un hombre está privado durante mucho tiempo precisa de una mujer y viceversa, cuando estás privado todo ese tiempo tienes unas necesidades no solo físicas sino en lo amoroso y afectivo. Necesitas vaciar esas necesidades, no necesariamente en un acto físico, sino en lo que es sentimental y afectivamente. En las cárceles necesitas vaciar esa necesidad de sentir de alguna manera.

Su terquedad en no querer firmar la carta de perdón al presidente Assad pese a los esfuerzos de su tío (un comunista pero un patriota, según le dijeron unos funcionarios), que llega a ser ministro del régimen, ¿le hace a usted egoísta o un héroe?

Ni una ni la otra. Quiero ser tozudo como una mula. He tenido unos factores psicológicos muy profundos que me empujaron a ello. Era la expresión de un rechazo a todo. Había llegado a un punto en que todo me daba absolutamente igual.

Al final del libro cuenta que, tras salir de la cárcel, la familia se empeña en buscarle esposa y trabajo. En cambio, usted solo quiere tranquilidad y que le dejen en paz.

Quería descansar, es verdad. Todo mi entorno social me ha ayudado mucho a volver a relacionarme. Mi mujer igual porque también estuvo en la cárcel, esto también ayuda mucho. Pero hasta el momento no quiero decir que esté del todo a gusto en la sociedad.

«Comencé a escribir este diario cuando percibí que mi memoria estaba adiestrada ya para funcionar como una cinta de vídeo. Habiendo grabado todo cuanto vi y parte de lo que escuché, sólo faltaba vaciar “parte” del contenido de la grabación», reconoce en la edición en castellano, traducida del árabe por Ignacio Gutiérrez de Terán y Naomí Ramirez, quien hace de intérprete de Khalifa durante la entrevista. ¿Querer no perderse ni un solo día las torturas le hace masoquista?

(Sonríe) No, no hay masoquismo, es dolor puro y duro. Era más un pensamiento de registrar las cosas y dejar constancia. Quería que las imágenes quedaran bien grabadas.

Desde su caparazón, ¿sigue pensando que es más llevadera su propia tortura que ver y oír cada día las torturas a otro?

El dolor psicológico es peor que el dolor físico. No lo sé. En esos momentos en los que te despiertas y no sabes si estas aún dormido o no me creo que estoy todavía en la cárcel.

Lo que está pasando en Europa es difícil llamarlo terrorismo en todo su sentido. Terrorismo es lo que pasa en Irak o en Siria, el del régimen y las organizaciones islamistas: al hermano de mi mujer lo mató el régimen y a su hijo, Daesh

Usted, cristiano y ateo y que sufrió el boicot de sus compañeros más radicales durante años… ¿vio venir el surgimiento de una ideología así entre jóvenes europeos?

Lo que está pasando en Europa es difícil llamarlo terrorismo en todo su sentido. Terrorismo es lo que pasa en Irak o en Siria, el del régimen y las organizaciones islamistas. En mi perspectiva propia, el hermano de mi mujer, que era un ingeniero agrónomo, estaba paseando por la calle en Siria y le cayó un barril explosivo. Su hijo estaba en Alepo y se fue a otra ciudad en la que no había ningún problema. Era de noche lo cogieron los del Daesh, pillaron su móvil y vieron que era un periodista como cualquiera de vosotros. Le sacaron un vídeo y le cortaron la cabeza. Al padre lo mató el régimen y al hijo, Daesh. Eso es terrorismo y pasa todos los días en Siria, donde hay 225.000 detenidos en las cárceles de Bashar al Assad. No es lo mismo que lo que pasa en Europa, un atentado cada mes, que es triste, pero el verdadero terrorismo pasa allí.

¿Cree que una mala o excesiva cobertura mediática de un atentado puede reforzar la propaganda de los terroristas?

Cuando hay cualquier ataque terrorista evidentemente duele, pero no creo que la reacción a un hecho concreto sea lo que lo incite. El terrorismo tiene unas razones profundas, por ejemplo los regímenes dictatoriales generan terrorismo. El desequilibrio que genera el sistema internacional y la sensación de algunos de que se les trata injustamente genera terrorismo. El terrorismo tiene razones más profundas. Si fueras palestino y para ir a tu trabajo tuvieras que pasar por 50 'checkpoints' donde te humilla la policía israelí… ¿cómo te sentirías? Si tienes un hijo que ha ido a hacer cualquier acto de protesta contra los israelíes y luego le tiran la casa abajo, cómo vas a reaccionar. Eso provoca terrorismo. Evidentemente los medios tienen un papel pero no es el principal. Hay razones políticas económicas y sociales, hay quien se hace terrorista porque tiene hambre, eso son razones económicas, o el que se siente maltratado por EE.UU., Israel o una dictadura.

¿Un escenario de posconflicto en Siria con Bashar al Assad supone la cronificación del terrorismo?

Sí, naturalmente. La presencia de Assad en Siria, como la de Al Sisi en Egipto, Buteflika en Argelia o de Al Maliki en Irak hacen de ellos fábricas de terroristas.

 

Vídeo de la Presentación de El Caparazón, de Mustafa Khalifa

Con la participación del autor, Mustafa Khalifa, de sus traductores Naomí Ramírez e Ignacio Gutiérrez de Terán, y de Karim Hauser en representación de Casa Árabe

El caparazón. Diario de un mirón en las cárceles de Al-Asad

EL CAPARAZÓN, de MUSTAFA KHALIFA - ed. oriente y mediterráneo

A Ruzam y Ruham, y a todos los niños y jóvenes del mundo, con el deseo de que tengan una vida mejor que la que hemos vivido nosotros.

A los presos de opinión en todo tiempo y lugar. Ojalá que la publicación de estos testimonios les devuelva una parte de sus derechos violados.

 

Me senté con Suzanne en una cafetería del aeropuerto de Orly en París, mientras esperábamos el despegue del avión que me llevaría a mi país después de seis años de ausencia.

Hasta ese último cuarto de hora, Suzanne no había cejado en sus intentos de convencerme de que me quedara en Francia. No dejó de repetir los mismos argumentos que llevaba meses oyendo, desde que le informé de mi decisión irrevocable de volver a mi país y trabajar allí.

Soy descendiente de una familia árabe cristiana católica, la mitad de cuyos miembros viven en París, lo que me abrió las puertas para estudiar en Francia. Los estudios me resultaron fáciles y se desarrollaron en condiciones muy favorables, dado que dominaba el francés desde antes de ir a París. Obtuve excelentes resultados en mis estudios de dirección de cine y, tras licenciarme, ahí estaba yo, volviendo a mi país y mi ciudad.

Suzanne también pertenece a una familia árabe, pero todos sus miembros habían emigrado a Francia, donde residían. Estuvimos saliendo durante los últimos dos años de universidad, y nos podríamos haber casado con la bendición de ambas familias, si no hubiera sido por mi empeño en regresar a mi país, y su insistencia en quedarse en Francia. En el aeropuerto, puse punto y final a la enésima discusión sobre el tema de la siguiente manera:

-       Suzanne… Amo mi país, mi ciudad. Amo sus calles y esquinas. No se trata de un romanticismo vacío, sino de un sentimiento genuino. Tengo en la memoria las expresiones grabadas en los muros de las casas antiguas de nuestro barrio. Las adoro, las extraño. Eso para empezar. En segundo lugar, quiero ser un director reconocido y tengo muchos proyectos y planes en mi cabeza. Tengo muchas aspiraciones, y en Francia siempre seré un extraño, un refugiado más trabajando entre ellos, alguien a quien, condescendientes, dejarán algunas migajas. No… No quiero. En mi país tengo derechos y nadie tiene la ventaja de estar por encima de mí. Con un poco de esfuerzo, puedo hacerme un nombre. Eso sin olvidar que el país nos necesita a mí y a mis semejantes. Por eso, mi decisión de volver es irrevocable, y todo intento de convencerme de lo contrario es inútil.

Se hizo un silencio que duró varios minutos. Escuchamos la llamada. Había llegado el momento de subir al avión. Nos pusimos de pie y nos bebimos la cerveza que nos quedaba de un solo trago. La miré emocionado y noté que el llanto se asomaba a sus ojos. Se lanzó a mi pecho. La besé rápidamente: no soporto estas situaciones. Le dije:

-       Sé feliz.

-       Tú también. Ten cuidado, por favor, cuídate.

Y subí al avión.

 

Tiempo después me convertiría en un mirón; pero no era un “mironismo” de tipo sexual, aunque tampoco le era ajeno.

La mayor parte de este diario se escribió en la cárcel del desierto, aunque el verbo “escribir” en esta oración no es del todo correcto, pues en la cárcel del desierto no hay bolígrafos ni folios. Esa enorme prisión, que está conformada por siete patios, además del patio cero, treinta y siete barracones y muchos otros nuevos sin numerar, y una serie de habitaciones y celdas francesas (células) en el quinto patio, llegó a albergar entre sus muros a más de diez mil reclusos. En esa cárcel, que acogía un elevado número de licenciados universitarios, los presos no vieron -y eso que algunos estuvieron más de veinte años allí- un solo folio o bolígrafo.

La escritura mental la desarrollaron los islamistas. Uno de ellos memorizó más de diez mil nombres de los presos que entraron en la cárcel del desierto, junto con los nombres de sus familias, ciudades, pueblos, fechas de detención, sentencias y destino.

Comencé  escribir este diario cuando percibí que mi memoria estaba adiestrada ya para funcionar como una cinta de vídeo. Habiendo grabado todo cuanto vi y parte de lo que escuché, sólo faltaba vaciar “parte” del contenido de la grabación.

¿Soy el mismo que era hace treinta años? Sí… Y no. Un sí pequeño y un no grande. Sí, porque vacío y escribo sin faltar a la verdad parte de este diario. Y no, porque no puedo escribir ni contar todo, pues ello exige revelar cosas, y las revelaciones tienen condiciones, relacionadas con la coyuntura objetiva y la otra parte implicada. [...]

 

21 de abril
Abrí los ojos lentamente. El hedor que me rodeaba estuvo a punto de asfixiarme. A mi alrededor había un bosque de pies y piernas. Estaba tirado en el suelo entre la maraña de pies: olor a pies sucios, olor a sangre, olor a heridas supurantes, olor a un suelo que no se había limpiado en mucho tiempo… La respiración pesada de personas obligadas a permanecer en pie, pegadas unas a otras. Según mis estimaciones, seríamos unos 86 hombres. Miré al techo ¡y calculé que no tenía más de 25 metros cuadrados!
La gente hablaba en susurros, lo que generaba un zumbido constante en el ambiente. Quería ponerme de pie para coger algo de aire. Terribles dolores por todo el cuerpo. Traté de incorporarme, soportando el dolor; pero cuando intenté mantenerme en pie grité. Era insoportable.
La gente que estaba a mi alrededor se percató y varias manos se alargaron para sujetarme por las axilas y levantarme. Me puse de pie apoyándome en las manos. El chico que estaba a mi lado me dijo:
—Paciencia, hermano, paciencia. Un mal trago, pero se pasará.
—Quien está con Dios tiene a Dios con él. No desesperes, hermano —añadió otro, en la misma línea.
Con el movimiento, se aliviaron un poco los dolores. Miré a mi alrededor: adultos, jóvenes y también niños de doce o trece años, hombres mayores y ancianos.
Me giré hacia el hombre que había intentado hacerme desistir de mi empeño un poco antes y le pregunté:
—¿Quiénes son esas personas? ¿Por qué estamos aquí? ¿Por qué están de pie?
El hombre me miró con desconcierto, sin comprender, como si me dijera: «¿Cómo explicar lo obvio?»
—Tú… ¿No sabes qué está pasando en el país? —contestó.
Estando en Francia había oído las noticias sobre los disturbios, y que un partido llamado los Hermanos Musulmanes había llevado a cabo algunos ataques violentos aquí y allá. Pero no le había dado ninguna importancia a dichas informaciones, las cuales seguían siendo confusas. En cualquier caso, yo desconocía los detalles y, además, nunca había sido aficionado a los informativos ni me atraía el activismo político. Y ello a pesar de que, a partir de secundaria, me había acercado a grupos marxistas cuyas ideas me habían influido, especialmente las de mi tío materno, que al parecer ocupaba una posición de mando importante en el Partido Comunista.
Le contesté:
—De verdad, no lo sé. ¿Qué pasa?
—¿Por qué? ¿No vives aquí?
Quise cortar la retahíla de preguntas y le contesté de una vez a todo lo que quizá me seguiría preguntando:
—No… Vivía en Francia y llegué hoy, hace —miré mi reloj—… solo catorce horas.
—Madre mía, ¿tienes un reloj? Escóndelo, hermano, escóndelo. ¿Ves a toda esta gente? Son los mejores creyentes y defensores del islam en este país. Una prueba, hermano, una prueba: es una prueba de Dios Todopoderoso.
Le interrumpí. No sabía qué estaba haciendo allí. La sensación de que se estaba cometiendo una injusticia conmigo me superaba. Irritado, le respondí, cortante:
—Muy bien… ¿Y yo qué tengo que ver? ¡Soy cristiano, no musulmán! ¡Soy ateo, no creyente!
«Esta es la segunda vez que proclamo que soy ateo. Pura verborrea. La primera me costó una ración de la caña de Ayub, por orden de Abu Ramzat, que mataba musulmanes porque vivíamos en un Estado islámico. La segunda, me costaría largos años de absoluto aislamiento y que me trataran como un insecto, o peor».

(traducción del Árabe de Ignacio Gutiérrez de Terán y Naomí Ramírez Díaz)

 

 

Ficha técnica
autor: Mustafa Khalifa
título: El caparazón. Diario de un mirón en las cárceles de Al-Asad
Traducción del árabe y Postfacio: Ignacio Gutiérrez de Terán y Naomí Ramírez Díaz
Colección: sociedades del oriente y del mediterráneo, 10
Nº páginas: 344
Formato: 21 x 12,5
ISBN: 978-84-946564-2-2
PVP: 18 euros
IBIC BGLA Autobiografía literaria
BISAC BIO010000-BIOGRAPHY&POLITICAL
 
Santiago Alba Rico
La literatura y el mal
en ctxt.es
 

La experiencia de la lectura viene siempre determinada por dos coordenadas, si se quiere, materiales. Una tiene que ver con el texto, que nos llega en diferido, en la distancia de un pasado que, cristalizado y conservado entre las tapas del libro, como en una lata de conservas, dejó de existir hace ya tiempo y nos alcanza por tanto amortiguado, despuntado y vencido: es lo que llamamos “ficción”. La otra coordenada tiene que ver con el cuerpo del lector. La lectura reclama la postura sedente y condiciones más o menos confortables para la concentración; ponerse a leer es, de alguna manera, aburguesarse. Se puede leer también, es verdad, en una trinchera o de pie en un vagón de metro, pero hasta tal punto el libro impone unas reglas ergonómicas de recepción que, apenas abrimos sus páginas, incluso baqueteados en medio de una tormenta, la lectura nos protege tanto de las verdades que contiene el libro como del mundo en que lo leemos. Esta diferencia en el tiempo y esta comodidad en el espacio constituyen la fuente de todos los peligros asociados a la literatura: el de que nos tomemos demasiado en serio lo muy lejano, como Don Quijote, y el de que, al revés, nos tomemos como imposible o increíble lo más cercano.

El primer riesgo es apenas la patologización de la experiencia literaria misma como contrato y compromiso, y como condición, por tanto, de ampliación del mundo y de progreso moral y emocional. El segundo riesgo, al otro lado, está asociado a la resistencia del lector, protegido por el marco de la ficción, a relacionar lo que lee con el mundo en el que vive; y a su insistencia, por tanto, en encerrar la experiencia literaria en el cajón del libro. Don Quijote se creía las novelas de caballería porque estaban en un libro; pero preferimos igualmente no creernos las torturas sufridas por Mustafa Khalifa porque están en un libro.

El propio Mustapha Khalifa, en el prólogo a la edición española, recuerda las dudas que le embargaron a la hora de escribir y publicar la obra. Se temía una de estas dos cosas: que el lector en general, sobre todo el europeo, considerase falso o al menos exagerado su testimonio; y que el lector sirio considerase invencible, y aceptase con resignación, un régimen capaz de someter a sus ciudadanos, de manera arbitraria, a una violencia semejante. Pero, ¿de qué libro estamos hablando? De El caparazón, publicado por Ediciones del Oriente y el Mediterráneo, en el que el citado Khalifa, hoy exiliado en Francia, novela su experiencia en las cárceles de Hafez Al-Asad, el padre del actual dictador sirio, entre 1981 y 1994. El libro, publicado en 2008, ha sido trágicamente reactualizado por el mundo mismo en los últimos seis años, verificado desde fuera por una realidad que, de pronto, convierte casi en travesuras las atrocidades que el autor vivió en la nefanda prisión de Tadmur, junto a Palmira. Atroz contrapunteo y desbordamiento entre la realidad y la ficción, lo que en 2008 era inalcanzable para la conciencia hoy es inalcanzable para la literatura.

Toda lectura es lectura del pasado; y toda lectura es la lectura que hace un cuerpo a salvo. Son precisamente estas dos coordenadas las que estallan mientras seguimos a Mustapha Khalifa, ingenuo y apolítico, a los báratros de las agencias de seguridad del régimen y al infame campo de exterminio en el desierto. Todo lo que cuenta ahí ha seguido ocurriendo y sigue ocurriendo en Siria mientras lo leemos, y no porque lo estemos leyendo (que es la experiencia contractual rutinaria de la ficción), sino porque Bachar Al-Asad y sus sicarios siguen cometiendo los mismos crímenes. Al mismo tiempo, la escritura sobria de Khalifa, casi clínica, despojada de todo victimismo y toda complacencia literaria, boicotea la comodidad del cuerpo sedente del lector. Incluso cuando leemos de pie una novela, estamos virtualmente sentados. Salvo en este caso, en el que, incluso si estamos sentados, estamos virtualmente de pie y atados y colgados y golpeados.

No es, pues, una lectura cómoda. Como muy bien lo expresan en el posfacio los dos traductores, Ignacio Gutiérrez de Terán y Naomí Ramírez Díaz, El caparazón no es un libro sino una desgracia; y si es necesario escribirlo y leerlo no es porque faltara o hiciera falta en nuestros cánones literarios. La humanidad se lo hubiera ahorrado de muy buena gana si la humanidad se pareciese un poco a lo que, en Siria y en otras partes, ayer y hoy, millones de personas normalmente justas, normalmente democráticas y normalmente decentes reclaman. Lo que no es necesario, lo que no falta ni hace falta son las dictaduras, los campos de concentración, las ejecuciones sumarias, las torturas; en definitiva, el régimen del clan Al-Asad que aplasta Siria desde hace 41 años y contra el que se levantó en 2011 buena parte de su pueblo. Es ese levantamiento, si acaso, el que hace “necesaria” esta lectura, en el sentido de que revela la monstruosa continuidad del régimen sirio y la paladina legitimidad --imperativa legitimidad-- de la revolución derrotada. Ahora que Siria se ha convertido en una “pequeña guerra mundial”, conviene que no olvidemos ni la responsabilidad de la dinastía Al-Asad ni la soledad acusatoria de sus víctimas.

Ahora bien, El caparazón no es sólo un testimonio y una denuncia. Es, mal que le pese a su autor, una “obra literaria”. La crudeza expeditiva de su arranque --con esa facilidad kafkiana del que, mediante un gesto normal, deja de ser dueño de su cuerpo y de su vida-- se remansa luego en la atroz cotidianidad de la prisión. El infierno mismo tiene sus rutinas y, por lo tanto, sus defensas antropológicas. Estos “asideros de humanidad”, a veces torcidos, extravagantes o casi inmateriales, son los que, en la larga tradición de “literatura carcelaria” (de La casa de los muertos a Si esto es un hombre), salvan a los presos de la extinción, como salvan a los lectores de la insoportable realidad del mal. La lucha dentro de la cárcel es la lucha entre los que quieren despojar al preso de toda humanidad y los que, con más o menos conciencia, se agarran a una astilla para reconstruirla en cada minuto a duras penas (el rezo clandestino, la memorización colectiva de los nombres de las víctimas o el establecimiento de una jerarquía solidaria que invierte la de los verdugos). Khalifa, que es cristiano y vive dentro de un doble caparazón en una celda de abrumadora mayoría musulmana, sobrevive gracias a la universalidad moral de algunos compañeros, a un agujerito en la pared y a la amistad apasionada con un inesperado afín cuya intensidad es inseparable de la tragedia que acabará destruyéndola. La cárcel, en definitiva, inversión paralela de la corte (según la caracterización de Dino Baldi), concentra en su más acendrada expresión la máxima inhumanidad y la máxima humanidad. La maldad gratuita y la bondad desinteresada sólo la encontramos allí donde la impunidad choca contra el chasis desnudo de una última resistencia humana sin recompensa. Así como hay un “arte por el arte”, hay también una “humanidad por la humanidad”, por el puro gusto instintivo de seguir siendo humano; y ese instinto es la razón oculta de nuestra supervivencia antropológica. Lo terrible es que se revele sobre todo allí donde está más amenazada. [...]

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